MEXISTENCIALISMO

Dr. Carlos Alberto Sánchez

Uno de los pensadores más relevantes de la filosofía mexicana contemporánea, Sánchez sostiene que el Mexistencialismo ofrece no simplemente una filosofía regional, sino una forma de comprender la propia condición humana contemporánea. Retomando pensadores como Emilio Uranga, Luis Villoro, Leopoldo Zea y Octavio Paz, entiende la existencia mexicana como zozobrante—inestable, contingente, suspendida entre mundos—y sostiene que esta condición pertenece no sólo a México, sino cada vez más a todos nosotros, mientras luchamos por encontrar sentido en un mundo cada vez más fracturado y deshumanizado.

AA: Usted utiliza el término existencialismo mexicano. En el sentido más directo, ¿qué significa eso para la manera en que una persona experimenta realmente la vida?

CAS: En el sentido más directo, el existencialismo mexicano (o lo que en otros espacios he llamado Mexistencialismo) se refiere a la forma en que filósofos mexicanos han descrito la existencia mexicana: situada o comprometida, accidental o concreta, zozobrante o inestable, y como nepantla, es decir, equilibrada entre mundos, tiempos o procesos. Sin embargo, aunque los filósofos mexicanos tenían en mente a las personas mexicanas, mi planteamiento es que esto describe la forma de vida de la mayoría de los pueblos contemporáneos, pero especialmente de aquellos cuya historia ha sido definida por la catástrofe o el trauma—es decir, de la mayoría de las personas.

AA: El existencialismo europeo surgió del trauma de las guerras mundiales. El existencialismo mexicano surgió de la conquista, de la jerarquía colonial y de la inestabilidad histórica. ¿Cómo moldea esa diferencia a la filosofía?

CAS: Moldea la filosofía de maneras muy específicas: la libertad, la responsabilidad, la angustia y la autenticidad (conceptos propios del existencialismo europeo) adquieren un significado distinto para los filósofos mexicanos porque dichos conceptos están filtrados por experiencias históricas diferentes. La libertad significará algo muy distinto para alguien formado por ideologías del individualismo y el consumismo que para alguien formado por ideologías de comunidad y escasez. Lo mismo ocurre con las ideas de responsabilidad y respeto. La angustia significará una cosa para quienes nunca han tenido que enfrentarse a la lógica omnipresente del colonialismo, y otra para quienes crecen tratando de burlarla. Mi punto es que distintos traumas conducen a distintas maneras de ver el mundo, y esas distintas maneras de ver el mundo terminan moldeando la filosofía de una forma u otra.
AA: Usted escribe sobre la contingencia—la sensación de que la vida podría haber sido de otra manera. ¿Es México una cultura que vive más cerca de esa conciencia que Estados Unidos o Europa?
CAS: La contingencia es la conciencia de que la vida podría haber sido de otra manera, o incluso no haber sido en absoluto. Pero para responder a su pregunta, creo que es útil pensar en la muerte, o más específicamente, en lo que podríamos llamar la idea de la muerte dentro del existencialismo mexicano. La idea mexicana de la muerte se opone a la concepción moderna “occidental” de la muerte (no la perteneciente a los antiguos griegos o a los estoicos), una concepción que o bien niega la realidad de la muerte o evita hablar de ella al situarla siempre en el futuro, como algo que debe anticiparse y, por lo tanto, como algo que nunca está ya aquí. La idea mexicana de la muerte, tal como aparece en existencialistas mexicanos como Emilio Uranga y Jorge Carrión, así como en escritores como Octavio Paz y Juan Rulfo, imagina la muerte de una manera muy particular: como presencia, como aquello que coexiste con la vida, como algo perteneciente al ahora. La realidad es que el no-ser es una posibilidad real para todos nosotros, y negarla o evitarla parece inhumano, incluso falto de humanidad. En este sentido, la respuesta a su pregunta es sí: a través de su historia y de su filosofía, la cultura mexicana se presenta como una cultura que vive en mayor proximidad con la contingencia, con la posibilidad del no-ser, con la muerte; las culturas de Europa o de Estados Unidos (el Occidente industrializado) tienden a encontrar maneras de sepultar esa posibilidad bajo capas de entretenimiento, espectáculo y metafísica sustancialista—ideologías de certeza y necesidad.
AA: En Ciudad de México se siente constantemente la historia bajo el asfalto: la ciudad azteca, la ciudad colonial, la megaciudad moderna. ¿Vivir entre esas capas modifica la manera en que los mexicanos experimentan la existencia?
CAS: Los filósofos mexicanos ciertamente pensaban que sí. La realidad parece estar preñada de historia, y comprenderla exige volverse consciente de esa historia. Nuestros pensamientos reflejan la experiencia histórica de diversas maneras. Yo vivo en Estados Unidos, en el norte de California, a minutos de Facebook, Google, Zoom y Apple; aquí no hay capas, y el pensamiento parece desprovisto de la historia profunda que se siente al caminar por las calles de Ciudad de México, Morelia o París. Aquí mis pensamientos son superficiales, concentrados en el presente, en la inmediatez de la tecnología, su crecimiento, su carácter intrusivo y su poder de moldearnos. El distanciamiento filosófico resulta mucho más fácil en lugares como éste, donde la falta de arraigo permite flotar por encima de nuestras circunstancias como si fueran smog industrial. Pero una historia profunda, estratificada, vuelve difícil ese desapego. Primero, porque la propia historia nos da suelo; segundo, porque sus capas exigen nuestra atención. En mi opinión, la reflexión filosófica en México o América Latina no puede permitirse el distanciamiento que la filosofía, entendida tradicionalmente, exige. Tradicionalmente, la filosofía implica tomar distancia del mundo para reflexionar; exige separarnos de nuestras propias circunstancias. Y ello con el fin de alcanzar el tipo de conocimiento objetivo o impersonal que la filosofía occidental considera valioso. Sin embargo, existencialistas mexicanos como el primer Luis Villoro o Leopoldo Zea reconocen que semejante desapego impersonal no es posible en lugares cargados de una historia densa y pesada. Por ello, en vez del distanciamiento, proponen un regreso al mundo, a nuestra situación inmediata, donde los problemas y los traumas pertenecen a la historia, a la comunidad y a la vida individual. El existencialismo mexicano es un existencialismo nacido de una circunstancia mexicana, y se refiere al tipo de reflexión existencial que México, como espacio geopolítico e histórico, hace posible.
AA: Pensadores mexicanos han escrito sobre la inseguridad, la vulnerabilidad y la inestabilidad como rasgos definitorios del ser mexicano. ¿Son debilidades—o fuentes de intuición filosófica?
CAS: No pueden ser debilidades. Son fuentes de intuición filosófica, pero también de fortaleza personal. Conocer nuestras inseguridades, vulnerabilidades y contingencia es conocernos mejor que la mayoría. La debilidad sería negar que estas características nos definen.
AA: Hoy muchas personas se sienten atrapadas dentro de sistemas inmensos—mercados, algoritmos, tecnologías—que parecen escapar al control humano. ¿Ofrece el existencialismo mexicano una manera de recuperar la agencia dentro de esa condición?
CAS: Sí. Nos permite cuestionar nuestra comodidad. Estos “sistemas” nos adormecen; pensar que nuestras vidas no “encajan” en el sistema debido a nuestra historia, cultura o creencias es una condición de posibilidad para liberarnos de él. Nepantla—nuestro estar entre mundos—es un terreno intermedio desde el cual podemos recuperar nuestra agencia al no entregarnos por completo a ningún sistema dado.

AA: Los existencialistas europeos hablaban del absurdo. El existencialismo mexicano suele comenzar desde algo ligeramente distinto: la fractura histórica. ¿Se forma el ser mexicano en esa grieta de la historia?
CAS: Acabo de mencionar nepantla, el “entre”. Permítame volver a ello. Creo que los mexicanos existen en nepantla, en ese “entre” mundos, tradiciones e historias. Así que sí, pienso que el existencialismo mexicano diría que el mexicano es producto de una fractura histórica—entendida como una ruptura en el tiempo, o un tiempo suspendido. Al mismo tiempo, no creo que nepantla describa únicamente a los mexicanos. Como mexicoamericano, yo también soy producto de una fractura histórica y yo también habito nepantla. Pero mi nepantla está constituida por otra historia, por distintos momentos de desajuste temporal, de estar fuera del tiempo, una historia marcada por la violencia, el desplazamiento, la inmigración y algo llamado “el modo de vida estadounidense.”
AA: Ciudad de México a menudo se siente como una civilización construida sobre ruinas. ¿Vivir con esa cercanía al colapso moldea la imaginación existencial?
CAS: Tiene que hacerlo. En mi opinión, toda la filosofía de la planeación urbana es una forma de cubrir los desastres históricos y crear un mundo que nos ofrece la ilusión de seguridad, de orden y de premeditación. Pero las vidas pasadas de las ciudades nunca pueden ocultarse del todo; emergen por sí mismas de diversas maneras y, en el proceso, moldean la imaginación existencial, como mencioné antes. Ver una ruina antigua junto a una autopista moderna conmueve inevitablemente el alma humana; la nostalgia nos sitúa de inmediato frente al pasado y, más importante aún, frente a la muerte y la destrucción.
AA: Muchas sociedades descansan sobre mitos reconfortantes—progreso, estabilidad, crecimiento. ¿Exige el existencialismo mexicano el valor de vivir sin esas ilusiones?
CAS: No “exige” una vida sin ilusiones. En última instancia, vivir así o no es una cuestión de elección personal. Sin embargo, sí nos dice que las fuerzas sociales e históricas (por ejemplo, el legado del colonialismo) pueden dar forma a nuestros pensamientos y nuestras vidas. Estas fuerzas recurren a mitos o ideologías que oscurecen la realidad de nuestra situación para mantenernos cómodos, satisfechos—o en la oscuridad. El existencialismo mexicano nos pide tener el valor de vivir incómodamente.
AA: Si el existencialismo mexicano le hablara hoy al mundo—desde un país que ha vivido con la inestabilidad durante siglos—¿qué le diría a una humanidad que cada vez se siente más contingente, frágil y sola?
CAS: El mensaje es simple: la contingencia, la fragilidad y la soledad son realidades humanas, cosas que debemos enfrentar para vivir vidas más significativas. Creo que cuando imaginamos un mundo sin contingencia, fragilidad o soledad, inmediatamente pensamos en un mundo estabilizado por fuerzas económicas o materiales. Pensamos en el llamado Primer Mundo. Pero esa estabilidad es meramente ideológica; no es más que espectáculo. El existencialismo mexicano nos recuerda que una vida sin máscaras es, en el fondo, “accidental”, zozobrante y frágil, y reconocerlo nos acerca más a la “verdad”. Quizá algunas personas disfrutan vivir dentro del espectáculo, dentro de la mentira, formadas e informadas por la ideología y por aquello que Emilio Uranga llama “sustancialización”. Así, la elección se presenta ante cada uno de nosotros: ¿es mejor la mentira que la verdad? ¿Y cuál prefiere usted?

Dr. Carlos Alberto Sánchez es profesor de filosofía en la Universidad Estatal de San José, en San José, California. Publica e imparte cursos sobre filosofía mexicana y su historia. Entre sus libros más recientes se encuentran Blooming in the Ruins (Oxford, 2024) y Mexican Philosophy for the 21st Century (Bloomsbury, 2023), entre otros. Su trabajo ha aparecido en numerosas revistas, antologías y publicaciones, entre ellas Aeon, Psyche y The Philosopher. Es hijo de trabajadores agrícolas inmigrantes de Michoacán, México, donde vivió durante parte de su infancia. Creció en King City, California, y obtuvo un doctorado en filosofía por la Universidad de Nuevo México.

MEXISTENCIALISMO

Dr. Carlos Alberto Sánchez

One of the most relevant thinkers in Mexican philosophy today, Sánchez argues that Mexistentialism offers not merely a regional philosophy, but a way of understanding the contemporary human condition itself. Drawing on thinkers such as Emilio Uranga, Luis Villoro, Leopoldo Zea and Octavio Paz, he sees Mexican existence as zozobrante—unsettled, contingent, suspended between worlds—and contends that this condition belongs not only to Mexico, but increasingly to all of us, as we struggle to locate meaning in an increasingly fractured and dehumanized world.

AA: You use the term Mexican existentialism. In the most direct sense, what does that mean for how a person actually experiences life?
CAS: In the most direct sense, Mexican existentialism (or what I’ve called elsewhere Mexistentialism) refers to how Mexican philosophers have described Mexican existence as situated or engaged, as accidental or concrete, as zozobrante, or unsettled, and as nepantla, that is, as balanced in between worlds, times, or processes. However, while Mexican philosophers had Mexican persons in mind, my claim is that this describes the form of life of most contemporary peoples, but especially those whose history is defined by catastrophe or trauma—again, most people.
AA: European existentialism emerged from the trauma of world wars. Mexican existentialism emerged from conquest, colonial hierarchy, and historical instability. How does that difference shape the philosophy?
CAS: It shapes the philosophy in very specific ways: freedom, responsibility, anxiety, and authenticity (concepts in European existentialism) will have a different meaning for Mexican philosophers because those concepts are filtered through different historical experiences. Freedom will mean something quite different for someone informed by ideologies of individualism and consumerism than it will for someone informed by ideologies of community and scarcity. So will ideas of responsibility and respect. Anxiety will mean one thing to those who’ve never had to deal with the pervasive logic of colonialism and another thing to those that grow up trying to outsmart it. My point is that different traumas will lead to different ways to see the world and different ways to see the world will shape philosophy in one way or another.
AA: You write about contingency — the sense that life could have been otherwise. Is Mexico a culture that lives closer to that awareness than the United States or Europe?
CAS: Contingency is the sense that life could be otherwise or not be at all. But in order to answer your question, I think it’s useful to think about death, or specifically what we can refer to as the idea of death in Mexican existentialism. The Mexican idea of death stands in opposition to the modern “Western” conception of death (so not the conception belonging to the ancient Greeks or Stoics) that either denies the reality of death or avoids talk of death by always placing it in the future, as something to anticipate, and thus as never already here. The Mexican idea of death, as we find it in Mexican existentialists like Emilio Uranga and Jorge Carrión, as well as writers like Octavio Paz and Juan Rulfo, imagines death in a very peculiar way: as presence, as that which co-exists with life, as belonging to the now. The reality is that non-being is a real possibility for us all, and to deny it or avoid it seems inhuman and even inhumane. In this way, the answer to your question is yes, through its history and in its philosophy Mexican culture is presented as living in a closer proximity to contingency, to the possibility of non-being, to death; cultures of Europe or the United States (the industrialized West) tend to find ways to bury that possibility in layers of entertainment, spectacle, and substantialist metaphysics—ideologies of certainty and necessity.
AA: In Mexico City one constantly feels history beneath the asphalt: Aztec city, colonial city, modern megacity. Does living among these layers change how Mexicans experience existence?
CAS: Mexican philosophers certainly thought so. Reality seems pregnant with history and understanding reality requires that one become conscious of that history. Our thoughts will reflect historical experience in various ways. I live in the United States, in Northern California, minutes away from Facebook and Google and Zoom and Apple; there are no layers here, one’s thoughts seem devoid of the deep history that one feels walking the streets of Mexico City or Morelia or Paris. Here, my thoughts are superficial, focused on the now, on the immediacy of technology, its growth, intrusiveness, and shaping power. Philosophical detachment is much easier in places such as this, since a lack of ground allows one to float over our circumstance like industrial smog. But a deep, layered history makes such detachment difficult. One, because history itself grounds us and, two, because the historical layers demand our attention. In my opinion, philosophical reflection in Mexico or Latin America cannot afford the detachment demanded by philosophy, as traditionally understood. As traditionally understood, philosophy involves distancing oneself from the world in reflection; it demands a distance from our own circumstance. And this is required in order to gain the kind of objective or impersonal knowledge Western philosophy deems valuable. But Mexican existentialists like the early Luis Villoro or Leopoldo Zea recognize that such impersonal detachment is not possible in places with a rich and heavy history. So, rather than detachment, they propose a return to the world, to our immediate situation, where problems and traumas belong to history, community, and individual life. Mexican existentialism is existentialism from a Mexican circumstance, and it refers to the sort of existential reflection that Mexico, as a geopolitical and historical space, makes possible.
AA: Mexican thinkers have written about insecurity, vulnerability, and instability as defining features of the Mexican self. Are those weaknesses—or sources of philosophical insight?
CAS: They can’t be weaknesses. They are sources of philosophical insight, but also sources of personal strength. To know our insecurities, vulnerabilities, and contingency is to know ourselves better than most. Weakness would be to deny that these characteristics define us.
AA: Today many people feel trapped inside vast systems—markets, algorithms, technologies—that seem beyond human control. Does Mexican existentialism offer a way to reclaim agency inside that condition?
CAS: Yes. It allows us to question our comfortableness. These “systems” lull us to sleep; to think that our lives don’t “fit” the system because of our history or culture or beliefs, is a condition for the possibility of freedom from systems. Nepantla—our in-betweenness, is a middle ground from which we can regain our agency by not committing ourselves to any given system.
AA: European existentialists spoke of the absurd. Mexican existentialism often begins with something slightly different: historical fracture. Is the Mexican self formed in that crack in history?
CAS: I just mentioned nepantla, the “in between.” Let me go back to that. I believe that Mexicans exist in nepantla, in the “in between” worlds, traditions, and histories. So yes, I think Mexican existentialism would say that the Mexican is a product of historical fracture—understood as a split in time, or a time out. At the same time, I don’t think nepantla describes only Mexicans. As a Mexican American, I too am a product of historical fracture and I too am nepantla. But my nepantla is constituted by a different history, different moments of time out, of being out of time, one that includes violence, displacement, immigration, and something called “the American way of life.”
AA: Mexico City often feels like a civilization built on ruins. Does living with that proximity to collapse shape the existential imagination?
CAS: It must. In my opinion, the entire philosophy of urban planning is a way to cover over historical disasters and create a world that gives us the illusion of safety and security, of order and premeditation. But the past lives of cities cannot be fully hidden; these emerge on their own in various ways, shaping the existential imagination in the process, as I said above. Seeing an ancient ruin beside a modern highway will stir the human soul; nostalgia will place us immediately before the past and, more importantly, before death and destruction.
AA: Many societies rely on comforting myths—progress, stability, growth. Does Mexican existentialism demand the courage to live without those illusions?
CAS: It doesn’t “demand” a life without illusions. Ultimately, whether or not we do is a matter of personal choice. However, it tells us that social and historical forces (for instance, the legacy of colonialism) can give shape to our thoughts and our lives. These forces will appeal to myths or ideologies that obscure the reality of our situation so as to keep us comfortable or satisfied—or in the dark. Mexican existentialism asks us to have the courage to live uncomfortably.
AA: If Mexican existentialism were speaking to the world today—from a country that has lived with instability for centuries—what would it say to a humanity that increasingly feels contingent, fragile, and alone?
CAS: The message is simple: contingency, fragility, and solitude are human realities, things that we must face in order to live more meaningful lives. I think that when we think of a world without contingency, fragility, or solitude we immediately think of a world stabilized by economic or material forces. We think of the so-called First World. But this stabilization is merely ideological; it is only spectacle. Mexican existentialism reminds us that life without masks is, and is fundamentally, “accidental,” “zozobrante,” and fragile and realizing this puts us closer to the “truth.” Perhaps some people enjoy living in the spectacle, in the lie, formed and informed by ideology and, what Emilio Uranga calls, “substantialization,” and so the choice comes to each one of us: is the lie better than the truth? And which one do you prefer?

Dr. Carlos Alberto Sánchez is professor of philosophy at San José State University in San José, California. He publishes and teaches on issues in Mexican philosophy and its history. His most recent books include Blooming in the Ruins (Oxford, 2024) and Mexican Philosophy for the 21st Century (Bloomsbury, 2023), among others. His work has appeared in numerous journals, anthologies, and magazines, including Aeon, Psyche, The Philosopher, and others. He is the son of immigrant farm workers from Michoacán, Mexico, where he lived as a child. He grew up in King City, California, and earned a PhD in philosophy from the University of New Mexico.