Soundtrack de Quien No Eres

Concepción Huerta

The Soundtrack of Who You Aren’t

Concepción Huerta

Concepción Huerta no te dice quién eres. Su trabajo existe en un espacio incierto: la cinta magnética se deteriora, los voltajes chocan, el feedback se escapa y las máquinas producen accidentes. El sonido entra en el cuerpo. Nada es limpio, repetible ni predeterminado. Huerta opera donde el algoritmo pierde el control: donde nos encontramos con aquello que no elegimos y que no podíamos prever en nosotros mismos, en los demás, en esta normalidad impuesta.

El ruido puede liberar, pero también puede abrumar, ocupar, convertirse en otra forma de control. Lo que importa es la inestabilidad: el instante en que la señal se convierte en interferencia, la máquina deja de obedecer y el cuerpo siente algo antes de que la mente pueda nombrarlo. Huerta no convierte el desorden en una estética. Lo utiliza para mantener abierta la posibilidad.

La escena de música experimental de la Ciudad de México es, ahora mismo, la cultura autónoma más vital de la ciudad. Todavía exige espacios, máquinas, colaboración, cuerpos: las exigencias de la presencia. Abre espacio para el accidente, la duda, la incertidumbre, incluso el caos. No necesitamos más algoritmos que nos digan quiénes somos. Tampoco necesitamos más arte que haga lo mismo. Necesitamos arte, como el de Huerta, que nos confronte con quiénes no somos.

AA: ¿Qué te sucede cuando escuchas con suficiente profundidad? ¿Hay un punto en el que el sonido deja de ser algo externo a ti?

CH: Cuando escucho con profundidad, la separación entre mi cuerpo y el entorno se vuelve imperceptible. El sonido no viene desde afuera, se convierte en una vibración que me atraviesa. Escuchar, entonces, no es solamente percibir con los oídos: es sentir cómo las frecuencias modifican la respiración, la atención, la memoria y la percepción del tiempo.

Hay sonidos que se sienten antes de poder ser reconocidos. Las frecuencias graves, por ejemplo, entran directamente en contacto con el cuerpo; otras vibraciones activan recuerdos o sensaciones.

Me interesa pensar que el cuerpo también es una materia resonante: recibe, filtra, transforma y devuelve vibraciones. Cuando la escucha alcanza cierta profundidad, ya no puedo decir con claridad si estoy escuchando un espacio o si ese espacio está resonando dentro de mí. Es una relación de reciprocidad. El sonido deja de ser externo porque se incorpora a nuestra experiencia y, aunque desaparezca, puede permanecer en la memoria.

AA: Una máquina nunca es neutral: contiene la idea de alguien sobre el orden, la posibilidad, incluso el control. Cuando haces música electrónica, ¿estás usando la máquina, luchando contra ella o entrando en una relación con ella?

CH: Entro en una relación con ella, aunque esa relación contiene momentos de uso, negociación y resistencia.

Trabajo con cinta magnética precisamente porque introduce inestabilidad: se desgasta, acumula ruido, cambia de velocidad y nunca reproduce el sonido exactamente de la misma manera. Sus imperfecciones hacen visible que la tecnología también tiene un cuerpo, una historia y una memoria material.

Con los sintetizadores y los sistemas modulares busco algo similar. Escucho cómo responde una señal, qué ocurre cuando un voltaje entra en contacto con otro y cómo un error puede abrir una posibilidad compositiva.

No entiendo la máquina únicamente como una herramienta, sino como una extensión corporal con la que establezco una relación.

AA: Si los algoritmos eliminan el accidente de la vida cultural —dándonos aquello que ya saben que vamos a reconocer—, ¿qué clase de ser humano termina produciendo eso?

CH: El problema no es solamente que los algoritmos eliminen el accidente y predigan nuestros gustos, sino que también pueden terminar moldeándolos. Poco a poco, podemos volvernos menos tolerantes a la duración, al silencio, a la complejidad y a todo aquello que no se comprende de inmediato.

El accidente, en cambio, nos expone a lo que todavía no sabemos nombrar. Puede desorganizar nuestra identidad y poner en crisis aquello que considerábamos familiar. Por eso es tan importante para la creación, porque nos recuerda que existen otras sensibilidades, temporalidades y formas de conocimiento.

Parte de mi trabajo intenta proteger esa posibilidad. La cinta, la improvisación, la retroalimentación y los sistemas analógicos introducen desviaciones que no pueden anticiparse por completo.

AA: El ruido puede ser interrupción, contaminación, fracaso, violencia, liberación. ¿Qué hace posible el ruido que el orden no puede hacer posible?

CH: El ruido hace audible aquello que un determinado orden intenta excluir. Todo sistema decide qué considera señal y qué relega al fondo; qué voces merecen atención y cuáles son tratadas como interferencia. Depende de quién escucha, desde dónde escucha y quién tiene el poder de organizar lo audible.

El ruido introduce una fisura e interrumpe la continuidad y revela que detrás de una superficie aparentemente limpia existen fricciones, cuerpos, materiales y fuerzas que no han desaparecido. Puede mostrar los límites de una tecnología o de una estructura social.

En mi trabajo, el ruido de la cinta, la saturación, la distorsión y la interferencia no son residuos que deban eliminarse. Son huellas del contacto entre el sonido y la materia. Nos permiten escuchar el paso del tiempo, el desgaste del soporte y la imposibilidad de conservar una memoria sin transformarla. El ruido confirma que algo dejó una marca.

Pero el ruido también puede ser violencia, saturación informativa o una forma de ocupación que impide escuchar a los demás. Su potencia depende de la relación que establece y del contexto en el que aparece. El ruido puede incomodar, interrumpir y volver perceptible aquello que permanecía silenciado. Abre la posibilidad de imaginar otra organización de la escucha y, quizá, también del mundo.

AA: ¿Qué has tenido que rechazar —no en teoría, sino realmente— para proteger la libertad de tu trabajo? ¿Y a qué podrías tener que renunciar todavía?

CH: He tenido que rechazar la idea de que mi trabajo debe adaptarse a formatos de consumo inmediato para ser escuchado o legítimo.

También he tenido que cuestionar ciertas nociones de perfección tecnológica. Elegir trabajar con cinta magnética, ruido, desgaste y sistemas inestables implica rechazar la obligación de producir sonidos completamente limpios, controlados o previsibles. Me interesa conservar las huellas del proceso y permitir que la materia participe en la composición.

Como mujer latinoamericana dedicada a la música experimental y electroacústica, también he tenido que resistir la expectativa de situar mi trabajo únicamente en relación con genealogías dominantes.

Concepción Huerta does not tell you who you are. Her work exists in uncertain space: magnetic tape deteriorates, voltages collide, feedback escapes, and machines produce accidents. Sound enters the body. Nothing is clean, repeatable, or predetermined. Huerta operates where the algorithm loses control—where we encounter what we did not choose and could not predict in ourselves, in others, in this enforced normality.

Noise can liberate, but it can also overwhelm, occupy, become another form of control. What matters is the instability: the instant when signal becomes interference, the machine stops obeying, the body feels something before the mind can name it. Huerta doesn’t make disorder into an aesthetic. She uses it to keep possibility open.

Mexico City’s experimental music scene is the city’s most vital autonomous culture right now. It still requires rooms, machines, collaboration, bodies—the requirements of presence. It makes space for accident, doubt, uncertainty, even chaos. We don’t need more algorithms telling us who we are. We don’t need more art doing it either. We need art, like Huerta’s, that confronts us with who we aren’t.

AA: What happens to you when you listen deeply enough? Is there a point when sound stops being something external to you?

CH: When I listen deeply, the separation between my body and my surroundings becomes imperceptible. Sound does not come from outside; it becomes a vibration that passes through me. Listening, then, is not simply perceiving with the ears: it is feeling how frequencies alter breathing, attention, memory, and the perception of time.

There are sounds that are felt before they can be recognized. Low frequencies, for example, come directly into contact with the body; other vibrations activate memories or sensations.

I like to think of the body as resonant matter as well: it receives, filters, transforms, and returns vibrations. When listening reaches a certain depth, I can no longer say clearly whether I am listening to a space or whether that space is resonating within me. It is a reciprocal relationship. Sound stops being external because it becomes part of our experience and, even when it disappears, it can remain in memory.

AA: A machine is never neutral: it contains someone’s idea of order, possibility, even control. When you make electronic music, are you using the machine, struggling against it, or entering into a relationship with it?

CH: I enter into a relationship with it, although that relationship includes moments of use, negotiation, and resistance.

I work with magnetic tape precisely because it introduces instability: it wears down, accumulates noise, changes speed, and never reproduces sound in exactly the same way. Its imperfections make visible the fact that technology also has a body, a history, and a material memory.

With synthesizers and modular systems, I look for something similar. I listen to how a signal responds, what happens when one voltage comes into contact with another, and how an error can open up a compositional possibility.

I don’t understand the machine solely as a tool, but as a bodily extension with which I establish a relationship.

AA: If algorithms eliminate accident from cultural life—giving us what they already know we’re going to recognize—what kind of human being does that ultimately produce?

CH: The problem is not only that algorithms eliminate accident and predict our tastes, but that they can also end up shaping them. Little by little, we can become less tolerant of duration, silence, complexity, and anything that is not immediately understood.

Accident, by contrast, exposes us to what we do not yet know how to name. It can disrupt our identity and throw into crisis what we considered familiar. That is why it is so important to creation: because it reminds us that other sensibilities, temporalities, and forms of knowledge exist.

Part of my work tries to protect that possibility. Tape, improvisation, feedback, and analog systems introduce deviations that cannot be completely anticipated.

AA: Noise can be interruption, contamination, failure, violence, liberation. What does noise make possible that order cannot?

Noise makes audible what a particular order attempts to exclude. Every system decides what it considers signal and what it relegates to the background; which voices deserve attention and which are treated as interference. It depends on who is listening, where they are listening from, and who has the power to organize what can be heard.

Noise introduces a fissure, interrupts continuity, and reveals that behind an apparently clean surface there are frictions, bodies, materials, and forces that have not disappeared. It can reveal the limits of a technology or a social structure.

In my work, tape noise, saturation, distortion, and interference are not residues to be eliminated. They are traces of the contact between sound and matter. They allow us to hear the passage of time, the deterioration of the medium, and the impossibility of preserving a memory without transforming it. Noise confirms that something left a mark.

But noise can also be violence, information overload, or a form of occupation that prevents us from listening to others. Its power depends on the relationship it establishes and the context in which it appears. Noise can disturb, interrupt, and make perceptible what had remained silenced. It opens the possibility of imagining another organization of listening and, perhaps, of the world as well.

AA: What have you had to reject—not in theory, but in reality—to protect the freedom of your work? And what might you still have to give up?

CH: I have had to reject the idea that my work must adapt to formats of immediate consumption in order to be heard or considered legitimate.

I have also had to question certain notions of technological perfection. Choosing to work with magnetic tape, noise, deterioration, and unstable systems means rejecting the obligation to produce completely clean, controlled, or predictable sounds. I am interested in preserving the traces of the process and allowing matter to participate in the composition.

As a Latin American woman working in experimental and electroacoustic music, I have also had to resist the expectation that my work should be situated solely in relation to dominant genealogies.